Soy la persona más cobarde de la tierra. Le tengo miedo a lo que sea que venga; y es irónico, porque me paso la vida soñando, imaginándome feliz, con los ojos cerrados volando por la realidad que me gustaría vivir. No, que necesito vivir, porque a este paso me voy a convertir en un mínimo punto en el universo, y en el recuerdo de los demás. En el recuerdo de la gente que creo importarle, y de la gente a la cual quiero importarle. Realmente necesito desahogarme, porque me estoy reprimiendo a mi mismo, con mis ideales, mis temores, mi realismo. Tengo tantos sueños, ya es tiempo de cumplirlos. Pero no puedo, algo me impide comenzar, algo que ha durado desde que fueron planteados, porque recursos para llegar a ellos tengo, sé perfectamente qué tengo que hacer y a través de qué, pero mi terrible temor a quién sabe qué, es más grande que mi diminuta fuerza de voluntad. Una fuerza de voluntad que ha ido muriéndose a través de estos últimos años. Realmente me siento como si fuera adicto a algo, que me atrofia las virtudes, las esperanzas, y me deja simplemente esperando, tratando de aliviárme la pena con más de aquello. Una droga que me dice que olvide lo que sea, y que simplemente lo deje para mañana, y para el infinito, que el futuro es infinito y que realmente no es necesario ponerse a trabajar ya. Que calla las voces de mi cabeza para que mis miedos puedan imponer su voluntad y poco a poco, lentamente, y totalmente conciente de ello, comienzo a sufrir una muerte mental.
La frustración, la maldita frustración. Mucha gente debe no saber que es estar frustrado de verdad, deben esquivar la frustración simplemente con el sabio razonamiento de no intentarlo. Pero es algo tan terrible, tan poderoso, tan amenazador y acechante, que intimida a las ganas, e incluso a las ideas, a los proyectos, a lo que se necesita para empezar a cultivar un sueño. Es un sentimiento abrumador, como si creyeras que vas a lograr algo, que puedes hacerlo, que vas por buen camino, y de pronto, todo es fusilado y quemado en unos segundos. Todo se vuelve una maldita antítesis. Jamás lo lograrás, no puedes hacerlo. Con ese camino, pensando de esa forma, haciendo eso de tal manera, nunca llegarás a cumplir tus sueños, ni en mil años, ni aunque te esfuerces. Puede sonar algo crudo, pero es la verdad.
La pregunta es: ¿Seré tan masoquista como para ser adicto a la frustración? No, eso jamás. Aunque lo parezca quizás. Eso de tener una idea, abrir las puertas para avanzar, y luego buscar y reflexionar, hasta encontrar el defecto, la inconciente falta. La forzada similitud a otro sueño cumplido, que derrumba todo. Lo que en un segundo fué una hermosa idea, creatividad y sí, arte, se esfumó como si nada. Se vuelve olvido, todo por culpa del miedo. El miedo al fracaso, a la tortura mental que yo mismo me busco, que me precipito a hacer surgir, buscándole los defectos, siendo perfeccionista, para soñar con ser el mejor. Debo aprender a aprovechar los momentos flash que me llevan a pensar que sí puedo hacerlo, y no forzarme. En el arte se vive tan duro, y es imposible conformarse con algo simple, al menos si quieres ser alguien auténtico, alguien de verdad, no alguien que rellene los espacios vacíos solo porque se necesitan, porque corroboran a la fuerza de un todo, que es el boceto principal de los sueños, la inspiración.
De ahora en adelante, debo dejar de tener temor, y serle infiel a la vida que llevo. Debo lanzarme hacia mis sueños, aunque comiencen como fracaso. Porque sé que puedo hacerlo, porque algunas veces le doy tantas vueltas en mi cabeza, que llego a la conclusión de que puedo hacer un buen trabajo, y con un empujón más fuerte, puedo comenzar, desde un porcentaje mínimo a hacer realidad mis sueños. Sueños, que es la palabra que más se me viene a la mente cuando hablo de mi, de lo que soy. Y espero que algún día, luego de dejarme fluír por el río de la vida que no va a parar, se transforme en la palabra Realidad.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
evoL(ution)
Mirando algunas fotos antiguas... Bah, al grano. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo, atemorizante. Cambiar de apariencia en tan poco tiempo, tener distintos ideales; darse cuenta recién de las oportunidades de las que se disponía. A decir verdad, me encanta ese sentimiento de nostalgia. Tener recuerdos bellos de días tan especiales, días invaluables, inmortalizados en fotografías simplemente al azar. Ya nunca tomo fotos de nada ni nadie. No tengo paciencia para esperar que se hagan valiosas, que signifiquen algo, que me traigan nostalgia. Después de todo, pienso que las fotos, lo escrito, lo grabado, todas aquellas cosas, son como el vino: mientras más viejas, mejor saben. Sintetizando un poco, no ha pasado nada desde aquellos días de oro. Quizás los aproveché tanto que me gasté y me fuí al otro extremo. Anhelo descubrir que esta es mi Edad media, que el renacimiento espiritual se acerca, que mi fuerza de voluntad será algo más que una moneda al aire. Porque suelo sentirme totalmente sólo a veces, lo cual no es del todo malo (y tampoco me gusta parecer adolescente con inestabilidad emocional), y eso provoca una sensación de espera infinita. Al igual que anecdóticamente, no queda nada más que decir sobre esto. Me hace falta valor para cortar las ramas que no me dejan ni ver, ni menos caminar.
Algo de ficción, como la primavera que nunca se dignó a aparecer.
¿Puedo creer en ti? ¿puedo confiar en tu silencio, en tu indeferencia, en tu igualdad social? ¿en tu amistad, en tu amor, en tu mirada? ¿en tus palabras? ¿en tu apariencia de no llevar nada encima, pero cargar con todo a la vez? ¿en tu coraje, en tus acciones y reacciones? ¿en tu serenidad caótica que arde pero jamás sabre si quema? ¿en tus mensajes de continuidad de la marea, de la armonía imperceptible de tu improvisación? ¿en tus preguntas que me hacen preguntarme hasta la confusión, para responderte con una débil bandera de mi mente? ¿en tu creatividad, en tu anarquía, en tus deseos, en tu tímido pero imponente expresar? ¿en tu canto, en tu memoria, en tu turno de mirar con los demas sentidos? ¿en tu estrella, en tu naturaleza, en tu sombra impenetrable y teomorfa? ¿en tu supervivencia, en tu guerra y en tu rendición? ¿en tu presencia? ¿en tu forma de decir las palabras de amor?.
No quiero oír tus respuestas, no quiero que te cuestiones, no quiero que cambies. El misterio del fin de lo que vayas a decir alimenta mis deseos, mi incontrolable romanticísmo, que aunque pseudoliterario, no deja de ser innato. Quiero ver tu fortaleza, está más cerca de lo que nadie jamás ha pensado. Me lanzaría al abismo de la preescrita vida que tenemos delante. O quizás sería mejor escapar, escondernos y cavar nuestro propio tunel para la felicidad, que sea simple, que sea distinto, que sea conformista, que sea resistente. Frente a nadie más necesito hablar, dejaré de hacerlo. Cantaría quizás, pero soy débil, soy despreciable, soy demasiado soñador.
Y si me vuelvo autorreferente, cállame y dime cuál es la verdad, donde está la compañía real. No en la comunicación, si no en el sentimiento. Tengo miedo, doy miedo y eso me deprime, la soledad vuelve a mi como si tu corazón ardiera de calor humano, saturado al máximo, sin mi presencia. No hago falta en tu historia, soy el villano de la novela. El de las emociones fugaces y el autocontrol nulo. Aún no digiero la poesía que recitas, y eso me desespera. He comprobado que tantos sueños y esperanzas solo atraen la infelicidad y la incertidumbre hasta el río de agua vital del que tengo que tomar para verte al otro lado pasar, con tu cabello y tu sonrisa poco creíble pero auténtica. Necesito un milagro. No, necesito fuerza, voluntad, valor y un orden en mis sentimientos.
Soy el piso más abajo en la piramide. Aún asi nadie se queja de mi inestabilidad, de la posibilidad de derrumbar algo más, porque ni en mi confían. Yo alguna vez confié en ti, y espero volver a hacerlo, seas quien seas.
Espero que en el futuro pueda llenarme de nostalgia por culpa de este tipo de cosas. Antes despreciaba las expresiones melancólicas de cualquier tipo, hoy veo tan distinto. Veo los colores, veo la nitidez, veo el amor y la tristeza en las medidas que siempre debieron tener. Soy sólo un hablante, no tengo ni siquiera historias para contar hoy en día, para expresarme más allá de mi egoísmo y mostrar algo de humildad de verdad. Después de todo ¿hay algo más nostálgico que buscar felicidad en el pasado, para el regocijo del presente, esperanzándose en el único futuro?
Algo de ficción, como la primavera que nunca se dignó a aparecer.
¿Puedo creer en ti? ¿puedo confiar en tu silencio, en tu indeferencia, en tu igualdad social? ¿en tu amistad, en tu amor, en tu mirada? ¿en tus palabras? ¿en tu apariencia de no llevar nada encima, pero cargar con todo a la vez? ¿en tu coraje, en tus acciones y reacciones? ¿en tu serenidad caótica que arde pero jamás sabre si quema? ¿en tus mensajes de continuidad de la marea, de la armonía imperceptible de tu improvisación? ¿en tus preguntas que me hacen preguntarme hasta la confusión, para responderte con una débil bandera de mi mente? ¿en tu creatividad, en tu anarquía, en tus deseos, en tu tímido pero imponente expresar? ¿en tu canto, en tu memoria, en tu turno de mirar con los demas sentidos? ¿en tu estrella, en tu naturaleza, en tu sombra impenetrable y teomorfa? ¿en tu supervivencia, en tu guerra y en tu rendición? ¿en tu presencia? ¿en tu forma de decir las palabras de amor?.
No quiero oír tus respuestas, no quiero que te cuestiones, no quiero que cambies. El misterio del fin de lo que vayas a decir alimenta mis deseos, mi incontrolable romanticísmo, que aunque pseudoliterario, no deja de ser innato. Quiero ver tu fortaleza, está más cerca de lo que nadie jamás ha pensado. Me lanzaría al abismo de la preescrita vida que tenemos delante. O quizás sería mejor escapar, escondernos y cavar nuestro propio tunel para la felicidad, que sea simple, que sea distinto, que sea conformista, que sea resistente. Frente a nadie más necesito hablar, dejaré de hacerlo. Cantaría quizás, pero soy débil, soy despreciable, soy demasiado soñador.
Y si me vuelvo autorreferente, cállame y dime cuál es la verdad, donde está la compañía real. No en la comunicación, si no en el sentimiento. Tengo miedo, doy miedo y eso me deprime, la soledad vuelve a mi como si tu corazón ardiera de calor humano, saturado al máximo, sin mi presencia. No hago falta en tu historia, soy el villano de la novela. El de las emociones fugaces y el autocontrol nulo. Aún no digiero la poesía que recitas, y eso me desespera. He comprobado que tantos sueños y esperanzas solo atraen la infelicidad y la incertidumbre hasta el río de agua vital del que tengo que tomar para verte al otro lado pasar, con tu cabello y tu sonrisa poco creíble pero auténtica. Necesito un milagro. No, necesito fuerza, voluntad, valor y un orden en mis sentimientos.
Soy el piso más abajo en la piramide. Aún asi nadie se queja de mi inestabilidad, de la posibilidad de derrumbar algo más, porque ni en mi confían. Yo alguna vez confié en ti, y espero volver a hacerlo, seas quien seas.
Espero que en el futuro pueda llenarme de nostalgia por culpa de este tipo de cosas. Antes despreciaba las expresiones melancólicas de cualquier tipo, hoy veo tan distinto. Veo los colores, veo la nitidez, veo el amor y la tristeza en las medidas que siempre debieron tener. Soy sólo un hablante, no tengo ni siquiera historias para contar hoy en día, para expresarme más allá de mi egoísmo y mostrar algo de humildad de verdad. Después de todo ¿hay algo más nostálgico que buscar felicidad en el pasado, para el regocijo del presente, esperanzándose en el único futuro?
martes, 3 de noviembre de 2009
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