Como el Ave Fénix, renace de las llamas.
Sinceramente, no suena tan difícil. Es más fácil volver a subir cuando ya se ha tocado fondo. Pero no quiero tocar fondo. No de nuevo.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas.
He de buscar la meta, o más bien, hacerla mía. He de sentir su lejanía como un dolor físico permanente. He de sentir cada paso correcto como un auténtico alivio. He de vivir en carne y sin cuestionamientos los delineamientos que esta requiera.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas.
¿Cómo? Honestamente, ¿Cómo lo hacen? ¿De dónde sale su combustible vital? ¿Es realmente aquello tan primal? ¿Eso me va a dar un propósito?
Ya ni sé como explicarlo. Como explicármelo a mí o quién sea. Pero si no hago algo pronto, todo va a empezar a salir muy, muy mal.
Si no hago nada, todo va a pudrirse. A pudrirse feamente por culpa de mi negligencia. A caer por su propio peso. Un peso que me creí capaz de sostener. No, un peso que sé que soy capaz de sostener pero que me encuentra en condiciones desfavorables. Condiciones desfavorables que forman parte de mi esencia natural, de mi evolución a lo largo de los años, de la respuesta inevitable al crecimiento espontáneo, a la suerte. El camino no puede ser derecho hacia arriba. Siempre habrán bajas, sobre todo en los peores momentos.
Tal como aquel día, debo arder, arder en mil llamas. Hasta que las llamas se vuelvan brasas, y esas brasas se vuelvan cenizas. Hasta que esas cenizas sean condenadas a muerte por el implacable viento de un invierno que no perdona a nadie. Es ahí cuando entonces, podré al fin renacer. Con un propósito. El propósito de vivir. El propósito de ser libre. El propósito de hacer valer mi existencia y hacerle justicia a mi potencial.
La comodidad es el veneno de mi generación. La auto-compasión. La auto-satisfacción. La auto-aceptación. La engañosa libertad cuya abundancia nos ahoga. Nos ahoga en nuestra baba, en nuestros deseos superficiales y vanos. En un millar de metas fantasmas y sin consistencia. Y a su vez, nos corta los brazos, las piernas, y el valor. Nos deja totalmente libres es un océano de oportunidades, pero sin brazos para nadar.
La impotencia es el castigo más duro que puede recibir un humano. El ver todo lo que a uno le importa desmoronarse sin poder hacer nada es probablemente el sentimiento más desgarrador que una criatura puede soportar. Y ahí está, día a día. Presente de la manera más retorcida posible. Verdugo y víctima al mismo tiempo.
Verdugo y víctima al mismo tiempo.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas. Frente a todo pronóstico. Contra toda corriente.
Contra la gran corriente de la vida. La más canalla y abrumadora. Pero que esconde tras de si el paraíso. O mejor dicho, es el paraíso.
Como el Ave Fénix, renace de las llamas.