lunes, 9 de diciembre de 2013

Y la piel se me cae; como el sustento para vivir, como las metas que me juré, como el deseo de reencarnar. Todo, una vez más, cae.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Apocalipsis 6,8

Miré, y vi un caballo pálido. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Y en la incertidumbre la vida se esfuma.

viernes, 2 de agosto de 2013

Dade

He hecho lo que me dijeron que hiciera. Caminé sin desviarme por el sendero marcado, no vacilé con las tentaciones que aparecieron a mi lado, ni tampoco disminuí la velocidad de mi constante marcha. Ahora me encuentro frente a la orilla de un enorme pantano abrazado por una tibia niebla rojiza. No puedo hacer más que petrificarme ante este nuevo e imponente escenario. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Seguir hacia adelante y dejar que las pirañas de ficción me coman vivo antes de llegar a algún lado? ¿O quizás devolverme a buscar los paisajes, criaturas y momentos que ignoré a lo largo de mi viaje? Al menos tengo clara una cosa: debo reponer mis fuerzas antes de volver a mover mi cuerpo y empezar a mover mi mente.

miércoles, 17 de julio de 2013

Buen prólogo. Mala ruta. Malas decisiones. Mal final.
Tiempo perdido. ¿Te animas a jugar de nuevo?

lunes, 1 de julio de 2013

—¡Cobarde! Morirás ahogado en tu propia falta de fuerza de voluntad. 
—Espero explosionar antes de que eso suceda.

domingo, 12 de mayo de 2013

Ciego, sordo, muerto. Siempre lo supe: esta mente no me corresponde. No lograré colgarme del tren del tiempo jamás.

martes, 26 de febrero de 2013

Abismo de mentiras

El río de la vida me está congelando. Mis movimientos son cada vez más involuntarios. Mis brazos, mis piernas, mi cuerpo y mi mente se congelan. Ya no puedo decidir por mi mismo. Es el ritmo lento y decadente al que mi vida fue sentenciada aquel día. Aquel día en el que me resigné a aceptar la putrefacta verdad: la propia miseria es sólo comparable con si misma. Entender realmente eso hace estremecer a los sentidos, hace agachar la mirada y produce un ardor insuperable en el espíritu. Irónicamente, mientras más se ahonda en la comparación paralela de realidades, más afilada se vuelve la espada. Aún así, mi miserable miseria yace congelada, caminando firmemente hacia la horca. Mi única esperanza me ha traicionado, y me ha encadenado al mismísimo vacío. Mi amada felicidad es un ser malvado. Me ve colgando del precipicio y pincha mis dedos con su penetrante luz, solo para hacerme caer hasta el fondo y obligarme a comenzar de nuevo. Sabe que lo que ocurre en mi cabeza está encadenado bajo miles de llaves. Sabe que mi aparentemente elocuente juicio no es un peligro para mi elaborada rutina de papel. Sabe que mis pensamientos rebotan, y nunca serán liberados de la cadena perpetua a la que me condené, a la que fui condenado cuando miraron mi rostro por primera vez. Aún así, llegó un momento en el que se vio amenazada por la resonancia que producía mi razón. Y así es como decidió encerrar el tan cercano núcleo inalcanzable de mi mente. El mañana desentona con el presente, y el pasado pide auxilio al futuro. El futuro. Si tan sólo pudiera preguntarle sobre el clima, todo se tornaría blanco de nuevo. Podría volver a pintar lo que se me ocurra. O al menos eso es lo que la caja del corrector me dice. Cada gota de esta lluvia ácida corroe más mi rostro. Ya no me reconozco en el espejo. ¿Es esa máscara de maquillaje enfermizo mi cara? ¿Ése mimo corrupto hasta las pupilas soy yo? ¿Qué pasó con aquel semblante aterrizado, fresco y sano que alguna vez perpetuó algo más que lástima y repulsión en los demás? Pues ya no está. Yo lo maté. Yo lo torturé poniendo a prueba su compasión y su potencial falsedad. Empujándolo a decidir sobre lo desconocido. Empujándolo a creer que las riendas del futuro estaban en sus manos, bajo su mirada, bajo sus palabras inocentes. Pero también culpo a los demás. Los culpo por hacer mi vida tan fácil, tan bella, tan lineal. Los culpo por dejarme ignorante ante mi fortuna. Los culpo por su seguridad. Por convertirme en un ser orgulloso. Por convertirme en un ser desconfiado. Por convertirme en la caja fuerte de las decepciones. Por reírse de mi y hacerme creer que era alguien; alguien más. Pero así como cada palabra escrita vuelve al mundo más aburrido y abrumador, mi existencia es totalmente irrelevante. Mi miseria es irrelevante. Mi dolor insignificante. Nadie narrará mi historia, nadie me dará vida más allá de un pensamiento flojo en el rincón de la duda. Porque así he de pasar el resto de mi vida. Nadando en la fosa de los sueños muertos. De los sueños abortados. Porque prefiero callar, prefiero pensar, prefiero hablar conmigo mismo que errar nuevamente en mi camino hacia ese algo que desconozco. Ya no queda espacio en mi mente para más colores. La red de mentiras ha invadido hasta el más profundo rincón de mi cerebro. Sólo cabe la autodestrucción inminente de mi razón, el atractivo deseo de locura que me sacaría de esta inmunda y desbordante ruta. Porque así soy yo. El simple hecho de que los pilares de mi mente no me pertenezcan en absoluto me convierte en un ser perturbador, un ser sin alma y sin razón de ser. Un ser artificial ahogado en drogas tribales, listo para ridiculizar una vez más al ser humano. Para demostrar que la perfección humana puede ser malgastada y sacrificada. Demostrar que posee el arma más petrificante y desconocida de la naturaleza: la razón. La maldita razón. Esa palabra con tantos significados. Esa palabra con tantos hijos bastardos. ¿Conocen la impulsividad? Es la hija sádica y suicida de la razón. Aquel macabro virus de personalidad que escribe con sangre, que se alimenta de la condescendencia y de los estigmas que delatan el miedo al futuro. Qué ingenuo es pensar que los árboles florecen al ser regados con lógica, al ser educados con algún tipo de guía moral. Qué ingenuo es pensar que la razón no va a traicionarte y acarrearte al infierno de las emociones. Aquellas que dañan el cuerpo y el orgullo. Qué ingenuo es pensar que los argumentos tienen un valor nominal. ¡Qué ingenuo es el humano! ¡Qué imbécil soy yo! El tic-tac de mi bomba de tiempo me recuerda que la miseria no es comparable. Que si me siento miserable, es por mi culpa. Que la letra A no pertenece a mi alfabeto, ni nunca lo hará. Porque soy muy débil, egocéntrico. Porque estoy enfermo. Porque mi realidad, aquellos momentos de felicidad artificial nacen de los más podridos rincones de mi ser. Porque ya no me queda nada más que la simpleza del lado horrible del ser humano. Porque no tengo tiempo para nada más que para hundirme en la melancolía febril de la decadencia. Estoy enfermo hasta la última gota de mi ser. Me ahogo en mi ego venenoso, porque ya no es necesario alimentar mis sueños intactos, mis sueños construidos sobre una preciosa base de patetismo. Y así, y por siempre, con mis metas vanidosas y fugaces, predicaré el apocalípsis, el gran baile del desperdicio humano. El frío de la palabra "yo" reinará sobre el bosque que tomaremos como escenario, como hogar, como tumba. Nos reuniremos como una enorme masa de mentiras, tales como este texto sin puntos aparte, y violaremos la naturaleza humana. Moriremos, volaremos, y nuestros cuerpos se desvanecerán. Es ahí cuando mi mente tomará su oportunidad y se liberará, desgarrando mi ser, para viajar hacia todos y cada uno de los rincones del universo donde alguien esté dispuesto a enseñarme a usar la razón, y a renacer en busca de la transparente felicidad. He de preguntarme entonces, ¿Qué tan rápido va la vida a este ritmo? ¿Recuperaré mi vida el día del gran suspiro? Espero que, si algún día logro penetrar las barreras que cubren mi juicio, no se me ocurra bajar la vista del sol y del cielo y comenzar a desear la atractiva tierra suelta que cubre mi lecho de muerte. De muerte mental.

viernes, 8 de febrero de 2013

Miedo a volar, miedo a la libertad. Miedo. A la luz, a la cima del pozo. Y pena, tiempo muerto.

miércoles, 2 de enero de 2013

(cada vez)

Más y más y más y más y más profundo.