Me aburre que todo sea tan predeterminado, en especial las posiciones físicas, sociales y culturales que manejan los roles de la ciudad. ¿Todos somos distintos? No y sí. Todos somos una masa manipulada por nuestros pensamientos. Creemos que hacemos lo correcto, que tomamos las decisiones más favorables, que nos mantendrán erguidos por los próximos minutos, segundos universales. Pero todos van al mismo camino vacío, de no complementar nada. No he aprendido nada que me llame la atención y me haga entregarme en cuerpo y alma a ese campo, a saber hasta el infinito. Pero eso no existe, siempre se llega al punto donde el otro llegó, y no se sigue, porque el razonamiento termina donde el de los otros se detiene. Mucho mejor suena distraerse haciendo lo mismo que todos los días ¿no?, terminar con una expansión del cerebro nula, que parece crecer más lento que el mismo cuerpo. Este mismo desconsuelo de saber que todo tiene un límite, es el que lleva a la gente a despreciar su vida, a enfermarse psicológicamente por culpa de su misma falta de interés; por no dejar un espacio libre en su diminuto cerebro rutinario, que con suerte es capaz de comunicarse con los otros seres básicos. Para lo único que sirve el humano promedio respecto a pensar, parece ser sobre cómo tener éxito en su relación con otros, con otras, con hacer una capa de superficialidad resistente y adornada. Ni siquiera quedarse unos segundos pensativo es bien visto por la sociedad. Siempre nace la ridícula pregunta: ¿Estás bien? La que me hace pensar en la respuesta: ¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Tu vida está tan completa que ver a alguien intentando ir más allá de ti, procesar la infinidad de cosas que los ojos perciben pero nunca tienen tiempo de analizar, te perturba? ¿Crees que tu hipocresía de hacerme pensar que te importa va a darme soluciones a algo que ni siquiera entenderás, ni te interesa entender? Y esa nube que no puede ser explicada a la perfección ni interrumpida es la que hace distintos a todos ahora. Le asigna un rol en esta ciudad muerta a todos y cada uno. Hasta la persona que crees que más se parece a ti, está a millones de años luz de la frecuencia de tus pensamientos. Sólo va a aparentar, con sus sucias y contaminadas palabras, que piensa igual. Y eso, eso nunca podrá ser comprobado ni perfectamente acertado. Porque la mierda enfermiza mental que hay en cada una de nuestras mentes es lo único que es igual en todos. El morbo a pensar en basura tan grande, en lograr superficialmente el triunfo que nunca va a estar de acuerdo con lo que realmente piensas y jamás dirás con tu firma. Pero eso es algo que tampoco podré acertar ni comprobar. El humano promedio es muy conformista, existe la posibilidad de que sus mentes sean tan básicas de encontrar perfección artificial con lo primero que les haga usar sus habilidades sociales (y nada más que sociales). Y el resto, el humano no conformista y de los pocos que puedo excluir de algunas de mis palabras, ese, puede que si construya una realidad de acuerdo a su alma. Pero nunca será perfecta, porque estamos esparcidos de tal modo que los esfuerzos requeridos para conocer a alguien con quien compartir opiniones sean demasiado grandes. Si no deseas ir más allá de tus verdades, y sólo deseas satisfacer tus deseos carnales, estás en el universo correcto; si no es así, sólo busca un poco más, sé selectivo, odia si es necesario. Al final todos caemos en el mismo saco de hipocresía, porque el inconformismo también tiene un límite. Y cuando se llega a ese límite, es porque el tiempo se acaba, y el universo no va a ayudarte más.
sábado, 20 de marzo de 2010
Incolores
Muchísimas cosas han pasado desde la última vez que toqué el blog. Pero en síntesis, lo que más ha crecido en mi, ha sido la observación, la precaución, y la desconfianza, para bien o para mal, con la pseudogente que se cruza por mi vida, o por mi vista. Quizás me he humanizado un poco, o mejor dicho, he mirado mejor la desnudez de la realidad y de los caminos que la estigmatizada vida adolescente te obliga a tomar. El comienzo de este año fue desastroso. Parecía venir bien, pero sólo fue una tormenta de meteoritos, que justo cuando crees que se ve más enternecedor, cuando está más cerca de tus ojos, es cuando te descuartiza y te hace volar por el aire pensando cómo fuiste cegado y tentado, para bajar tu guardia y caer en el abismo de la inconsciencia (y ver con nitidez el camino en el que ibas caminando). Así apareció el cáncer, que se veía venir de las esporas de la sociedad, del tiempo, de la marcha constante de mi adorable suerte. Entonces, diagnostico. Diagnostico, profetizo y tomo el camino fácil al lujurioso futuro del nunca más. El placer de pensar, pensar y darle vueltas a lo que era obvio desde un principio (mentira, nunca fue obvio), eso es lo que haré de ahora en adelante, en mi defensa. Desconfiaré terroríficamente de las probabilidades que prometan felicidad y triunfo, que cumplan el objetivo de la teoría en práctica; y les daré valor, significado y respaldo a las que me adviertan del más mínimo detalle que pudiera causar que un insignificante camino de mi quinta dimensión, se distorsione y termine en una curva desagradable de mi sexta dimensión, que me traiga de vuelta al inicio. No, de vuelta al final con el que siempre se termina todo. La ira y el desconsuelo. Pero pareciera que uno gana inmunidad frente a esas emociones, que no son nada más que descontrolados pensamientos sobrantes y desconcentración, que traen debilidad, humanidad, y burlesca lástima de los desconocidos. A nadie le agrada darse vueltas en la cabeza cosas que te hacen sentir muerto. Pero todos tienen en común una ridícula pero eficiente fe y esperanza que parece invencible. Me da miedo observarla. Me da miedo observarlos, pues es una increíblemente minúscula capa de superficialidad la que uno logra conocer de un individuo, más si es un individuo conformista, vago y manipulado por sus clones, como la gran mayoría de los seres de este país. Los mismos asesinos de sueños ajenos, que se presentan como complemento al pseudointelecto simple de los más inadaptados.
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