domingo, 27 de noviembre de 2022

Crónica anhedonia

El pasado siempre te busca en tus momentos más bajos y se manifiesta de diversas maneras. A pesar de que algunas memorias constituyan vivencias hermosas y formativas de alguna vez, muchas de estas mismas son de una densidad y peso tal que arrastrarlas hacia el futuro se vuelve un trabajo no menor.

Me quiero separar del pasado. Aunque sea por un tiempo. Estoy cansado de llevar esa ancla pesada que me hace mirar atrás constantemente. Un ancla que me hace dudar una y otra vez de cada paso porque solo con su enorme peso me insinúa que no debería salir de aquí.

Un ancla en la tierra. Un ancla en el mar.

El mar. 

Inmenso. Infinito.

Las olas, que truenan a la distancia con su ímpetu, con su obstinación por decirle algo a la tierra. Quizás decirle que deje de avanzar. Que mar adentro es territorio del calmo océano, y que esa paz no será interrumpida por nadie ni nada.

¿A quién le estoy respondiendo esta vez?

¿Por quién es que tomo mis decisiones?

Definitivamente hace años que no es por mi. Aunque toda me vida he sentido el mismo llamado. Quizás con matices distintos, pero el núcleo fundamental de mi motivación parece siempre yacer en territorio ajeno. Un territorio ambiguo, desconocido. Uno que no perdona y no escucha a nadie. 

Pero la verdad es que nunca debió estar ahí. Debió estar en mi. Porque me pertenece. Como el mar le pertenece al mar. La tierra a la tierra. La familia a la familia. El amor al amor. El pasado al pasado. El presente al presente. El futuro... quién sabe.

¿A quién estoy construyendo realmente? ¿Para quién? ¿Por qué?

Día a día. Noche a noche. Palabra a palabra. 

Mi hipocresía es digna de admirar. Puedo tomar algo y darle miles de vueltas y pretender que es todo lo contrario a lo que yo mismo critico. Pero es lo mismo. Siempre fue lo mismo. Quizás menos explícito. Quizás con justificaciones más elaboradas. Pero finalmente lo mismo. Y peor. Porque no me doy cuenta de aquello.

Quiero ser libre. Hoy, quizás más que nunca, siento que comprendo el significado de esa palabra. Jamás fue lo que yo creí que era. Sino todo lo contrario. 

Pero la mente me sabotea, como toda la vida. La mente que no se calla. Ni siquiera el mar con su enorme resonancia puede hacer callar a la mente. La mente que he de drogar para mantenerla bajo control. Porque en la sobriedad me tortura. Solo repite incesantemente el mismo libreto que me ha hecho escribir durante toda mi vida.

Quiero ser libre. Eternamente libre. Soberano de mis emociones. De mis pasiones. De mis acciones. De mis reacciones. De mis fracasos y de mis logros. Soberano de algo. Alguna cosa.

Quiero asesinar a ese impostor. Al dios interno. Al jefe. Al dictador. Al niño pródigo. Al hombre solitario que yace ahí, mirándome con desdén, con decepción. 

Hoy, quiero mirarlo de vuelta yo. Darme cuenta lo patético que es. Porque lo es.

Pero no es todo. Hay algo más. Y juro que lo voy a encontrar, y no le voy a perdonar la vida. Porque me ha quitado la mía. Me ha convertido en una simple criatura ahogada en su propia indiferencia.

Apatía. Agonía. Anhendonia.