jueves, 23 de junio de 2011

Prisma

Por más nuevo que parezca, no hay nada nuevo. Nada que decir, nadie a quién decírselo, nada que recordar, nada para recordar. Nada se asoma del destello del tiempo, nada se acerca. nada se aleja. Nada puedo ver, nada vi. Nada me separa de ese ayer, sin embargo, todo conduce en la misma dirección, todos entran en el túnel que se vuelve infinitamente angosto. Ya no soy el que era. Ya no soy nada, nadie. Ya no reconozco ni veo a nadie. Mis ojos ya no miran lo que miraban, mi mente ya no reacciona como reaccionaba. He caído en el abismo del sin sentido. En el laberinto de las palabras. En el eterno ruido agudo e insoportable del tiempo. Y a su vez, en el silencio. Mi cabeza ya no me dirige la palabra, no me da señales de interés. Pero yo ya no le doy esa motivación. He caído en las mismas notas una y otra vez. He dado vueltas en círculos. He sido atrapado por la tela de las estrellas. He hablado de mi, nuevamente.
Es en momentos como este donde recordamos, profundizamos y anhelamos con nostalgia pura esos momentos de gloria eterna. Esos momentos que, a pesar de formar un círculo monótono, viven en la interpretación simultánea y amorfa del decir. En el interés real de los demás, y no en la costumbre y vivencia desmotivada del continuo. Esta traba desconsiderada e inoportuna de los sentimientos. Este claustro inútil. Ahora simplemente complementan los vacíos de eternidad que caen en nuestros brazos. En nuestros recuerdos, nuestras ambiciones, nuestros sueños. ¿Qué sucedió con los sueños? Esos pensamientos simples, egoístas y torpes, pero inspiradores. Ya no pueden volver. Están corruptos en el basural del destino. Están escondidos en el infierno utópico que los acoge. Se queman en las llamas de pasión que alguna vez alimentaron nuestra voluntad. Ya no creo en nadie. No, no hay nadie en quién creer. Ni siquiera en mi mismo. Soy y siempre he sido el mismo farsante detrás de estas palabras. El mismo joven falto de atención y destreza emocional. A veces es necesario mirar con los ojos de la fantasía, asesinar el realismo que nos come día a día, y creer que estamos bien. Que estamos camino a la inmortalidad, que estamos camino a la felicidad. Aquella felicidad que se ríe de nosotros cuando creemos que la alcanzamos. Aquel sentimiento siniestro y mentiroso. Aquel horrible monstruo que toma todas las formas que creemos conocer. Nos visita de vez en cuando, nos engaña y nos vuelve débiles ante la naturaleza irremediable del destino, del equilibro. De la paz y la guerra, la guerra multilateral que enfrentamos con nuestras relaciones y con nosotros mismos.
Algunos lo llaman pesimismo. Otros, nihilismo. Y otros, decadencia. Yo lo llamo la realité. Un juego que el tiempo y el destino juegan con nosotros. Somos los títeres del precio, del regalo y del castigo. Creemos en las analogías pobres de las escusas. En las moralejas. En que existe un fin más allá del final del día. En que elegir entre pan y vino sirve de algo. Es por eso que estoy decepcionado, acabado, desconforme, pero conforme con haberlo entendido. Ya no necesito atender el llamado de la felicidad, ya no puede jugar conmigo. Puedo refugiarme en mi mente, que aunque me ha cerrado la mayoría de sus puertas, aún me ayuda a mantener la cordura en el infinito juego que no se gana ni se pierde, sólo se acaba.
Afuera, en la oscuridad, comienza a resucitar la luz que dispara a mis ojos. La que me deja ciego y me hace creer que lo que vivimos es real. Que estamos inmersos en el único espacio que es verdadero. Pero todo eso es una mentira, una horrible y, lamentablemente, injustificable mentira. Es por eso que guardo silencio, por mantener una cordura, una identidad. Un nombre, no. Un número. Un montón de pensamientos simples, irrelevantes y fugaces en las mentes de la gente de este mundo, de mi mundo. Porque no somos nada, no valemos nada. Hacemos esfuerzos invaluables por pertenecer al tibio recuerdo de alguien. Pero aquella mente tiene una mira fija puesta en algo de mucho más valor. Sí, sólo pensamos en nosotros mismos, y eso es algo que nadie jamás puede negar, ni ocultar. Es así como nos formamos, como un ser egoísta y que necesita atención. Un bebé que no siente más allá de sus necesidades. Así crecemos, pensando en simplezas como la diversión propia. La nariz sólo olfatea lo que nos beneficia de algún modo. Vivimos con dos opciones. Preocuparnos por el futuro, nuestro futuro, que sólo es más de lo mismo, o preocuparnos por el tentador presente, el egoísta e inmundo presente, que algún día llega y se posa como un carro de oportunidades, una tumba de cosas que alguien más ya intentó aprovechar. Que drenan lo que nos queda de raciocinio y lo beben hasta que terminamos irremediablemente en el suelo preguntándonos: ¿Por qué a mi? La respuesta no existe, porque la pregunta nunca debió nacer. Es mejor afrontar que cuestionar. Creemos que podemos aprender de los errores, mejorar, comprender algo, pero no hay nada más allá de lo que nos tiene que suceder. De lo que tenemos que recibir en este castigo infinito que se llama vida. La vida que tiene el mismo final para todos. Un final que tememos. Pero el miedo es uno en la larga lista de sentimientos vagos y egoístas que integramos como sociedad. Sentimientos simples y poco cautelosos. Aprendamos que sólo la muerte nos traerá una u otra respuesta al magnífico rompecabezas que aquellos sentimientos armaron sobre nuestras cabezas, bajo nuestros pies, y en el interior de nuestras mentes de cristal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario