Y ahí está ella. Bella pero aterradora. Fuerte pero cautelosa. Imponente pero silenciosa. Desde la esquina del cuarto me observa y aunque yo intente ignorarla, ahí está ella. Esperándome. Carcomiéndome. Desfigurándome con su mirada penetrante. Solo quedamos los dos. Y yo no la quiero a ella. No, no a ella. No a ti,
soledad.
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