Infinitas conversaciones en las que me gustaría participar. Conversaciones en las que pienso que podría decir algo. Pero no se qué. Porque al qué se lo come el cómo. Pero el cómo es irrelevante.
Con una mirada de animal inocente e inconsciente lo único que puedo hacer es observar. Observar como el mundo se desarrolla al rededor de mi. Como una conversación evoluciona. Como dos personas dicen cosas simples, cosas de una simpleza tal que parece irrisorio. Cosas que yo no puedo decir. Porque esa simpleza es muy compleja para mi, esa simpleza no es simpleza cuando eres mudo. Cuando el cómo gira y gira en un remolino perdiendo de vista al qué. Cuando pierdes el hilo. Cuando se borra el camino y no sabes como llegar al destino. Que bella analogía. No, que horrible. Porque es un infierno, un infierno tan invisible como real. Tan terrible como ignorable. Yo me pregunto cómo pueden ser 2 personas tan diferentes. Cómo es que ellos son tan ellos y yo soy tan yo. En qué minuto cambiamos tanto. En qué minuto nos fuimos por caminos tan distintos. ¡Y yo que pensaba que estaba de su lado!
Y se va a cumplir un año. Pensé que estaba mejorando pero parece que no. Ahora si que estoy perdido. Iba todo super bien, o eso creía. Pensé que me iba a sanar. Pensé que todo este infierno se iba a congelar, que el virus se iba a morir o que la inflamación iba a disminuir. Pero no. Está ahí, igual de vivo que siempre, igual de mortal que siempre.
Y ya no tengo donde huir. Porque la respuesta está acá. Y yo solo la evito.
Que injusto.
Por qué no me dejan.
Por qué no me dejan simplemente.
Por qué no me dejan simplemente morir.
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