La ignorancia es la ceguera como un don.
Ceguera frente al infinitamente ágil acontecer y resonar del universo. Ceguera ante los altos placeres de la humanidad, como diría John Stuart Mill. Ceguera ante los niveles más profundos de la auto-conciencia y la fractal complejidad del mundo físico y metafísico.
Pero también es ceguera ante el laberinto intrincado e interminable de la mente. Ceguera frente a los altos sufrimientos; frente al avasallador peso de la conciencia y de la memoria. Ceguera ante el incesante oscilar ruidoso y caótico de la primitiva naturaleza humana, o al menos de la nueva naturaleza humana; esa que fuimos armando inocentemente a una velocidad mayor de la que evolucionamos en el sentido biológico.
¿Cómo fue que pasó que nuestras interacciones con y dentro del mundo se volvieron tan complejas si hemos pasado gran parte de la historia tratando de simplificar nuestras vidas? ¿Es esto causado por la desatención a lo realmente vital y por la negligencia característica de los humanos al permitir que la entropía del universo haga lo suyo frente a nuestras narices? Quizás.
Lo hermoso de la ignorancia es que permite ver a través de este agujero negro que inconscientemente hemos abierto por culpa de aquella peligrosa curiosidad humana. Permite ignorar. Nos permite ignorar. O mejor dicho, nos habría permitido ignorar. Ignorar toda esa basura que pusimos caricaturescamente en nuestro campo de visión. Ese ridículo auto-sabotaje del que toda una generación intenta escapar desesperadamente a la vez que se aferran a las tradiciones y respuestas de un mundo que ya no existe. Un mundo mucho más simple, después de todo, que el que tenemos hoy. Pero ese mundo lo matamos de alguna otra manera; o más bien, lo expusimos demasiado. Tratamos de entenderlo demasiado. Tratamos de dominarlo, subestimando su intrínseco poder para hacer justicia, y para combatir el orden con caos, y el caos con más caos. Porque al final la vida es eso: caos. Y tratar de entenderlo es lo mismo que quemarse vivo.
Soy un ser humano. Un homo sapiens. Un ser primitivo con una mente indomable, pero primitivo al fin y al cabo.
Me he dado cuenta de que los únicos momentos de bienestar real que he conseguido durante los últimos años han sido producto de acciones con tendencia al neoprimitivismo.
Es extremadamente absurdo e infructuoso tratar de domar porciones insignificantes del universo metafísico con la muerte, la enfermedad, y el lado oscuro de la excesivamente romantizada naturaleza asechándonos a cada segundo. Observándonos con risa o incluso decepción lo mucho que agigantamos nuestra fugaz existencia. Yo también me reiría. Pero lamentablemente sigo atrapado en lo mismo.
Y es tan, tan fácil pensar que se está avanzando en el sentido correcto cuando simplemente se están descaradamente maquillando las banales metas primitivas que nos vuelven humanos nuevamente. Que nos acercan aunque sea por unos segundos a lo que realmente se condice con nuestros prostituidos cuerpos terrenales. Que nos quitan el peso de la conciencia y nos permiten saborear la desintegrada ignorancia. Pero, ¿son tan malas estas metas entonces?
¿Cuál es realmente el punto exacto al que hemos evolucionado? A mi parecer, está entre esto y aquello. En un punto en el que la conciencia y la inocencia viven armoniosamente en paz.
¿Cuál es realmente el punto exacto al que hemos evolucionado? A mi parecer, quedó lejos. Más lejos de lo que nos gustaría. Porque lo que nos gustaría está intrínsecamente adherido a la capa social, a la capa redundante y relativamente insignificante que hemos construido sobre nosotros.
Lo que realmente nos gustaría no es lo que realmente nos gustaría. Nos gustaría muy probablemente que nuestra evolución fuera tal como esa que anhelamos al cobardemente escondernos de nuestra tormentosa conciencia. Esa que desesperadamente buscamos por medio de estupefacientes. Esa que tienen los niños. Esa me gustaría a mi. Pero me gustaría domarla. Hacerla mía. Ser uno con ella. Converger física y metafísicamente en la criatura que realmente soy, y no en la creo ser, o peor, quiero ser.
Y es que me dan ganas de vomitar al verme tratando de descifrar ese puzzle inútil y extremadamente peligroso. Uno envenenado hasta la última pieza por imágenes artificiales que conjuntamente hemos diseñado para robarnos el alma y sostener la sofocante atmósfera de competitividad en la que vivimos. Somos nuestro peor enemigo. Mucho más que la naturaleza sin compasión. Por la sencilla razón de que no nos dejamos escapar al grabar con fierro caliente acciones y reacciones de clarísima inhumanidad en nuestra frágil inconsciencia. La pobre e inocente inconsciencia que violamos, no, aún peor, que descuartizamos diariamente con total impunidad y a la luz de nuestra extensa complicidad social.
¡Oh gran Buddha! Tu que formulaste aquella segunda noble verdad, ayúdame.
Lo único que se puede hacer es sacrificar una parte por el todo. Lo único que se puede hacer es agarrar el martillo y forjarse de nuevo, machacando toda pizca de humanidad disuelta.
Lo único que se puede hacer es regurgitar el grueso incongruente de lo social y volver a ser un simple humano.
Un humano como el que renegamos y frente al cual nos creemos vanamente superiores.
Un ser humano primitivo.
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