Hoy, nuevamente, con la guitarra en la mano comienzo a improvisar. A dejar correr los dedos por si solos ya que mi mente tiene miedo y se queda atrás.
Es difícil ver aún los principios y los finales.
El primero es muy difuso y se camufla en eventos, pensamientos y personas. La lista de candidatos y culpables rebalsa el vaso de las excusas pero ambos sabemos que no hay lugar para más que un elemento. Las raíces de aquella fuerza avasalladora residen en la frustración aguda del núcleo natural de mi ser. Pero el punto de ebullición parece estar determinado y esparcido en la profundidad de aquel pozo que carcomió partes de mi ser que jamás imaginé, hasta hoy.
El segundo es, si existe, eso: el final.
La verdad es que es una muy mala combinación de cosas. Una muy, muy mala. Y cuando creo tener una bajo control, la otra me pregunta: "¿Y por qué?"
Yo no soy fuerte. Nunca lo he sido. Y estar tan disociado de la realidad tampoco ayuda. Mi mente necesita fluir hacia algún lado, hacia alguna persona, hacia lo que sea. Pero me es cada vez más difícil. Las banalidades y explosiones fugaces de emoción y bienestar no perduran lo suficiente, y como una droga me vuelven dependiente. Dependiente de la música, el alimento, la risa y el sexo. Y es que cada día que pasa sin que haga algo al respecto me acerco más y más a ser un simple animal. Un animal frustrado y atormentado por la imposibilidad de ser humano. De desear como humano; de cumplir un propósito de humano.
Creo que aún es tiempo de hacer algo. Si no fuera así, no estaría acá. Pero ya son varios años los que llevo en esto y recién ahora me estoy dando cuenta de la profundidad del problema y de que a pesar de mis intentos monumentales para escapar y ser alguien, lo único que logro sentir y llenar, es nada.
Si hay algo bueno de todo esto, es que al fin he logrado darme cuenta de una cosa:
Estoy enfermo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario